Historia de la moda.

Prólogo.

    El vestido, tanto sea de piel, de lana o de tela cumple siempre una función determinada. Protege el cuerpo de los elementos naturales, lo cubre al mismo tiempo que lo realza. Es por así decirlo, como una segunda piel.

    La moda comenzó siendo una expresión del poder de la clase dirigente, que defendía su privilegio hasta tal punto que algunas modas eran exclusivas de los monarcas. Los estilos fueron bajando progresivamente por la escala social, y con el tiempo cambiaron más rápidamente y se hicieron más asequibles.

    Hoy en día, estos diseños pueden ser vistos como simples curiosidades por el historiador "amateur" ávido de imágenes populares de antaño, y siguen siendo tomados como referencia para muchos diseñadores o creadores. Al transcurrir los años, han sido fuente de inspiración para los artistas, pintores, escultores o dibujantes, como también para los sastres, diseñadores y modistos.

 Desde la antigüedad hasta la actualidad, el "Arte vestimentaria" en toda su fantasía, no ha dejado indiferente a nadie.

    En el mundo de las casas de muñecas, el interés por la moda suele remontarse hasta el siglo XVIII, aunque se pueden investigar estilos anteriores en libros de moda e historia. He condensado aquí muchos años y pequeños cambios para dar una impresión general de cada época, desde los recargados vestidos de mediados del siglo XVIII, pasando por los ligeros y cómodos vestidos de línea vertical del estilo Imperio, la vuelta al corset en 1820, la sobriedad y recato de las faldas acampanadas de 1840, el polisón de los años 70 y 80, el cuerpo de ánfora de 1890,el sinuoso perfil en forma de "S" de 1900...La silueta de la mujer ha sufrido constantes cambios a lo largo del tiempo a costa, muchas veces, de sacrificar la comodidad e incluso, la propia salud.

 

El Rococó, Siglo XVIII.

  Con la victoria de la Revolución Francesa sobre el "ancien régime", los cambios en el estilo del vestir son solo relativos. Las tendencias que desembocaron en el estilo Luis XVI, el abandono del barroco y el retorno a la antigüedad clásica, continúan su evolución acentuando de manera natural, las características que definirán posteriormente el estilo Imperio.

 

    Caracterizada por una elegancia propia del barroco tanto en la forma como en la ornamentación, el vestuario de mediados del siglo en adelante, continua utilizando, aunque con una presencia más discreta y austera, las telas suntuosas-seda, raso, brocado, terciopelo, encaje y muselina fina- Como las telas eran caras, las ropas se forraban para conservarlas mejor, porque se descosían y remodelaban varias veces.

    Las señoras llevaban corpiños ajustados sobre unas faldas decorativas y amplias, abiertas por delante, llamadas "guardainfantes". Dichas sobrefaldas se llevaban sobre unas enaguas muy elaboradas. Los escotes eran bajos, adornados con encaje o cubiertos con un pañuelo fino de algodón bordado o encaje y las mangas con volantes a juego, se ajustaban al codo. Predominaban los tonos suaves como el amarillo, rosa o celeste.

     El pelo se recogía en un moño alto adornado con tirabuzones, aunque casi siempre iba cubierto con pelucas llamadas "pouf", que se empolvaban con harina. Las cofias de encaje y los sombreros de paja reemplazaron los gorros con frunces y volantes. Las señoras elegantes llevaban primorosos delantales de muselina.

 

    Hacia 1770, los vestidos largos eran más elaborados, con muchos encajes y adornos. Las pelucas alcanzan unas dimensiones extraordinarias al estilo Mª Antonieta. Las mujeres llevaban una cinta en el cuello con un lazo o una flor, y ambos sexos usaban medias blancas y zapatos de tacón alto con hebillas y lazos.

    Entre 1780 y 1790, en España fue muy popular el estilo "Goyesco". Las faldas se drapeaban en cestos y volvieron a estar de moda las pañoletas. Se usaban sombreros enormes y redecillas adornadas de madroños, volantes y grandes lazos llamados carambas. Los peinados se suavizaron con bucles alrededor de la cara.

 

Estilo Imperio, comienzos del siglo XIX.

    Cuando el 2 de Diciembre de 1804, Napoleón es coronado emperador de los franceses, todas las peculiares características del naciente estilo Imperio, estaban ya presentes en el recién terminado período del Directorio.

    Los gustos del recién estrenado siglo XIX, se caracterizaron por un predominio de la sencillez pseudo griega clásica, e influyó decisivamente en la arquitectura, el mobiliario y por supuesto en el vestuario.

    Gracias a las campañas militares de Napoleón y a su deseo de rememorar el antiguo esplendor de la Roma Clásica, los vestidos femeninos pasan a ser en algunos casos, copias de la indumentaria de las matronas romanas. Consistía básicamente en un vestido de talle alto, largo hasta el suelo, escotado y de manga corta, la cual confería a la mujer un aspecto muy esbelto y vertical. Era una moda que parecía estar diseñada básicamente para lucirla en verano, debido a la ligereza de su aspecto. Los trajes de noche se alargaban por detrás luciendo una gran cola, y en los trajes de corte se usaban bordados de oro y plata, lo cual daba al vestido un aspecto"magestático". 

     Normalmente se usaban tonalidades más bien pálidas y tejidos etéreos como el lino, el algodón, la seda o la muselina. En invierno se usaban paños, terciopelo y percal. Estuvieron muy de moda las chaquetas Spencer de mangas ajustadas y el redingot, una especie de chaqueta inspirada en las que se usaban para montar a caballo. También fueron muy populares los chales, fabricados en gran variedad de tamaños, materiales y colores, esta era una prenda que se lucia todo el año. Fueron muy apreciados los de cachemira.

    El peinado consistía en un gran moño muy alto, adornado con cintas, diademas o peinas, o bien era muy corto con bucles en la frente, sienes y nuca. También se utilizaban multitud de pelucas y postizos de todos los colores.

    Se usaban multitud de sombreros, gorros y tocados, aunque el más popular fue el sombrero de casquete, que se siguió utilizando hasta mediados de siglo con diferentes variaciones. En casa siguió siendo frecuente el uso de cofias de organdí y gasa adornadas con cintas y encajes. A raíz de las campañas militares de Napoleón en Egipto, se popularizó el turbante, adornado con plumas y broches de piedras preciosas, y también las boinas, colocadas de medio lado.

     El calzado más habitual fueron las sandalias y los zapatos planos, confeccionados en tafilete y telas bordadas a juego con los vestidos. Eran de punta fina e iban ajustados a los tobillos con cintas y estuvieron de moda hasta mediados de siglo. La ropa interior consistía en unos pantalones largos hasta los tobillos y una fina camisa de algodón sin adornos. El corset fue suprimido.

    La moda de la segunda década del siglo XIX no se diferencia mucho de la anterior; el talle de las faldas sigue siendo alto, aunque el largo se acorta un poco y se adorna con encajes y bordados, aunque de forma muy discreta. Las mujeres siguen usando los mismos sombreros de casquete aunque cada vez con una visera mayor. Los bolsos de moda son las populares "limosneras", confeccionadas a juego con el vestido o de malla de encaje. El uso de guantes largos y mitones sigue siendo imprescindible.

    En la siguiente década, las faldas ganan un poco más de vuelo y se acortan aún más dejando ver los tobillos. Estos bajos son cada vez más adornados con volantes y encajes. El talle sigue siendo alto, aunque cada vez menos. Las mangas ganan también algo de vuelo y se ponen de moda las esclavinas y las gorgueras o golillas. El peinado solía ser un rodete o moño muy alto, adornado con cintas y flores de tela y unos rizos o tirabuzones que caían sobre la frente y las sienes. El popular sombrero de casquete sigue y sigue ganado altura y cada vez se adorna de una forma más sofisticada.

    Es alrededor de la década de 1830 cuando se vuelve a recuperar el uso del corset, devolviendo así el talle del vestido a su altura natural, consiguiendo con ello una cintura más fina y delgada. Los vestidos son cada vez más complicados a causa de los múltiples adornos que se utilizan, siendo las faldas cada vez más acampanadas, debido a las varias capas de enaguas que se usaban, y siguen dejando ver las zapatillas planas atadas con cintas a los tobillos. Caven destacar las medias que se realizaban en esta época, ya que sus vivos colores y sus delicados bordados las convierten en verdaderas obras de arte.

    Las esclavinas, mangas de farol y las viseras de los sombreros, alcanzan unas dimensiones jamás pensadas, dando lugar a múltiples bromas y caricaturas que ridiculizaban esta extravagante moda. En los teatros y salas de conciertos, llegaron a estar prohibidos debido a que su desmesurado tamaño, impedía la visión a las personas que ocupaban los asientos traseros.

    Los hombros sin embargo son muy bajos, y en los vestidos de noche el escote de barco, los deja al descubierto. Se usaban también los delantales de muselina muy elaborados. También fueron muy populares los cinturones.

 

El romanticismo.

    En la década de 1840, el color es el principal protagonista, aunque no es hasta finales de 1850 cuando se empiezan a utilizar los colores sintéticos. Hasta entonces solo se usaban pigmentos orgánicos e inorgánicos. A pesar de ello en esta década proliferan los colores muy vivos junto con los estampados, cuadros y rallas.

    Los amplios cuellos y pelerinas caen en desuso, cediendo protagonismo a unos hombros cada vez más caídos y a unas mangas cada vez más ajustadas, al contrario que las faldas, que cada vez son más ahuecadas creándose para ello “la crinolina”, una especie de miriñaque, inspirado en los que se usaban en el siglo XVIII, pero esta vez de forma redonda. Este miriñaque se fabricaba con aros de acero flexible, que se sujetaban unos a otros a través de cintas o cosidos a una enagua confeccionada con tela de lienzo. El largo de las faldas llega nuevamente hasta el suelo.

    Aunque estaban de moda los colores vivos, el aspecto de la mujer adquiere cada vez una imagen más recatada, usándose para salir a la calle unas capas cortas incluso en verano, y los consabidos sombreros de casquete cuya visera se va moderando poco a poco y ajustándose a la cara. El vestido era de una sola pieza y solía ir abrochado en la espalda con cordones y ojales; más tarde, a partir de 1845, se impuso una moda más práctica, y la falda y el cuerpo se confeccionaban por separado.

    En la década de los 50, en plena era romántica, la estética femenina adquiere su forma más delicada y sublime. Los trajes de noche de pálidos tonos y amplios escotes y los tonos oscuros y cuellos cerrados de los vestidos de día, contrastan en una mezcolanza de recato y exhibición.

     Los rostros femeninos muy pálidos, como de porcelana, se consiguen a fuerza de usar incluso maquillajes con sustancias tóxicas que blanqueaban la piel.

     El corset ciñe cada vez más la cintura, consiguiendo con esto el famoso "talle de avispa", que se ve incrementado gracias al vuelo casi imposible de las faldas, que aparecen enormes, sobre todo en los trajes de noche. Las mangas son largas y ajustadas hasta el codo, a partir del mismo se ensanchan dando pie a la llamada "manga pagoda". En los vestidos de noche la manga suele ser diminuta y muy rizada.

   Debajo de la crinolina, las damas llevaban unos pantalones largos hasta los tobillos, estos solían ser de algodón blanco o franela y se adornaban con multitud de alforzas, vainicas, entredoses y bordados con pasa-cintas de seda.

 

    Durante el día se estilaban los tejidos derivados del algodón y la lana en tonalidades más bien oscuras, como el verde, el marrón, el violeta o el púrpura. Siguieron siendo populares las rayas y cuadros, así como las zarazas estampadas de flores. Para la calle estaban de moda las chaquetas cortas, que se llevaban ajustadas al cuerpo y abrochadas de arriba a abajo. Los sombreros seguían siendo como no, las capotas de tela endurecida o de paja, adornadas con cintas, encajes y flores, sobre todo en su cara interna, la cual enmarcaba el óvalo del rostro entre volantes de encaje y flores de seda. Se sujetaban con cintas de satén muy anchas y anudadas bajo la barbilla.

   Los zapatos seguían siendo zapatillas muy planas.

   Para la confección de los vestidos de noche, se preferían las tonalidades pastel en telas como la seda, el raso, el moiré o el tul, que se inventó entonces. Los escotes eran amplísimos en forma de barco y con un pequeño entrante a la altura del pecho en forma de corazón. Solían ir adornados de plisados bien de la misma tela o adornados con encajes, cintas y flores. Hacia 1860 las faldas eran tan grandes, que dos mujeres no podían sentarse juntas en un mismo sofá.

    También se pusieron de moda los trajes de encaje, aunque solo los podían llevar las damas muy ricas, pues eran piezas carísimas. Estos encajes solían ser de Chantilly o Alençón y estaban confeccionados con tul bordado a mano. Un célebre vestido de encaje, fue el que lució la Emperatriz Eugenia de Francia para la Exposición Universal de París de 1867, donde 40 mujeres trabajaron durante 7 años.

    A partir de esta década se establece definitivamente el color blanco para los vestidos de novia, como símbolo de pureza y virginidad.

    El peinado de moda era con raya en medio y moño con bucles, o rodetes muy bajos acompañados de trenzas a los lados. Dentro de casa, las mujeres casadas usaban papalinas de encaje adornadas con cintas y flores. La convención del luto mantuvo a familias enteras vestidas de negro durante largos períodos.

 

La era victoriana.

    Cuando parecía que la crinolina iba a alcanzar un tamaño fuera de toda lógica, se fue recogiendo hacia atrás, con lo que quedaba suelta una gran cantidad de tela formando un polisón y una cola de corte y adornos complicados. Los vestidos de día tenían un corpiño ajustado y de cuello alto, y unas mangas largas hasta la muñeca, con puños franceses. Los trajes de noche eran magníficos, muy escotados y tan sólo con un vestigio de manga. Las telas, suntuosas, se solían combinar en un mismo conjunto, adornadas con plisados, flecos, galones y cintas. Unos rodetes de pelo postizo sostenían los elaborados peinados, adornados con bucles, moños y flequillos ensortijados, y los sombreritos ribeteados se llevaban ligeramente en lo alto y algo inclinados.

   En 1870, la cola se recogía en el llamado polisón, que precisaba de una "cintura de avispa"; para conseguirla, las damas llevaban un larguísimo corset que moldeaba el busto, la cintura y las caderas. Como este adminículo complicaba los abrigos y las chaquetas, se pusieron de moda los chales a juego con el vestido. Las capotas dejaron paso a los sombreros, que se llevaban muy pequeños. Hacia 1880, el polisón se redujo de tamaño y se fabricó con alambres, modelos ligeros que aliviaron la incomodidad de las señoras.

    Camino del fin de siglo desapareció el polisón y las faldas recogidas con pliegues y colas. Los vestidos se cortaban al bies y las faldas,  que quedaban acampanadas, se ajustaban cómodamente a las caderas. Fue la época dorada de las blusas de encaje, que se pusieron de moda tanto para diario como para los trajes de tarde; las damas llevaban cuellos altos sujetos con finas varillas parecidas a las de un corset. A juego con la ropa de calle, las damas tenían distintos sombreros de paja; además adornaban el peinado con peinetas y cintas. También se recuperaron del siglo XVIII las moñas o carambas, que consistían en lazos y escarapelas hechas con cintas de terciopelo o seda. Las damas de aquella época dormían incluso con una cofia de batista fina y encaje.

 

Complementos.

Los guantes.

    A partir de la Edad Media, los guantes se fueron imponiendo como signos de elegancia. Eran el complemento imprescindible del vestuario de las damas y los caballeros. Con los trajes de día, las damas los llevaban cortos y para los trajes de gala, largos hasta el codo. Los guantes se hacían de piel, seda o encaje y se adornaban con pedrería y bordados de plata y oro. En los guantes de gala, la botonadura podía ser de plata o de perlas, a veces auténticas, aunque también se abrochaban con hebillas y cintas.

 

El perfume.

    Por extraño que pueda parecer, hasta mediados del siglo XIX los perfumes y fragancias fuertes servían para disimular la falta de higiene y los malos olores corporales; estas esencias se hacían a base de flores, hierbas aromáticas y productos exóticos, como almizcle y ámbar. A finales de la centuria, el perfume elaborado sólo con flores pasó a formar parte de los tocadores más sofisticados. Para obtener solo un litro de esencia floral se necesitaban 3.000 kg. de pétalos de flores.

 

El abanico.

    El abanico, accesorio imprescindible de la toilette de gala y que en los bailes iba acompañado de un ramillete de flores, era un elemento primordial del ritual del cortejo y disfrutó de una gran popularidad entre las muchachas desde el siglo XVIII. El lenguaje amoroso del abanico era un tanto ingenuo, pero efectivo; por ejemplo, si la joven lo movía con rapidez y audacia, el pretendiente podía sentirse estimulado a establecer el contacto personal. La forma de abrirlo o cerrarlo, de disimular un bostezo, de usarlo para ocultar la cara en el momento de las confidencias o de dejarlo caer a fin de que el joven elegido lo recogiera era parte de un juego que todas las muchachas conocían y dominaban a la perfección.

    Los abanicos eran un accesorio esencial para las mujeres en el siglo XVIII. Con él, ellas podían comunicarse también, a través de gestos y expresiones.

    A diferencia de los que vendrían después, los abanicos en el siglo XVIII no se abrían completamente formando un semicírculo, sino que se abrían un poco menos. Las varas estaban hechas de marfil, cuerno, madera o carey. A la punta del abanico generalmente estaban tallados o labrados.
    Con respecto a las hojas del abanico, a principios de siglo el abanico de baraja, también llamado brisé, será el protagonista. Confeccionado en marfil, se ilustrará con temas típicos en el Barroco: escenas mitológicas, históricas, bíblicas o teatrales, o con frecuencia motivos chinos. Incluso, algunos ejemplares se importarán de China.

    A partir de 1735 imperará el estilo rococó, con predominio del papel o piel con pinturas de escenas galantes, fiestas campestres e idilios pastoriles. Artistas como Watteau y François Boucher servirán de modelo e inspiración a los pintores de abanicos. A mediados del XVIII se pondrán de moda los abanicos-recuerdo, como consecuencia de la nueva costumbre europea de viajar a Italia para instruirse.
    Hacia 1760 cambiará el gusto, produciéndose un interés hacia la Antigüedad clásica y una progresiva sencillez que serán reflejo de la moda del momento. El abanico reducirá su tamaño para poder llevarse en los pequeños bolsos de redecilla. Las varillas serán más estrechas y espaciadas, apareciendo el varillaje llamado “esqueleto”. Se empezarán a utilizar profusamente abanicos con sus hojas confeccionadas en seda con incorporación de lentejuelas coloreadas e hilos de oro y plata, que en un primer momento enmarcan las escenas a modo de viñetas, para después convertirse en los únicos motivos decorativos.

    Al mismo tiempo, y sobre todo con la Revolución Francesa, se harán abanicos más populares, de madera barata y país de papel impreso con escenas políticas y actuales. Su bajo coste convertirá al abanico en un complemento accesible al gran público.

    La importancia que alcanzó en esta época este delicado accesorio fue más allá de un simple capricho de la moda; pocos objetos han recibido una significación social tan compleja. No sólo era indicador de la nobleza de la dama que lo portaba, sino que se convertiría en un cómplice capaz de expresar su papel en la sociedad y sus encantos. De la habilidad para abrirlo o cerrarlo dependía la distinción de su propietaria. De este modo, se fue creando un lenguaje que permitiría a la mujer expresarse con libertad, algo difícil de conseguir en la época, y que, unido a la faceta de arma de seducción, favorecía la conversación galante y el juego amoroso. Pronto se extendería dicho accesorio a toda la sociedad convirtiéndose en un elemento imprescindible en el ajuar femenino.

 

El boudoir.

    En una casa decimonónica, el boudoir de una dama era el autentico santuario de su intimidad. En esta estancia, la joven intercambiaba confidencias con las amigas, pasaba sus penas y sus alegrías, ocultaba sus secretos y llevaba a cabo sus aficiones. Quizás por eso era una de las estancias más bellamente arregladas de toda la casa. Nadie podía penetrar en ella sin el consentimiento de su dueña, que elegía los objetos más bellos y las más ricas telas para asegurarse el máximo confort.

    El boudoir de una dama solía ser una estancia muy amplia dividida en dos partes. Al fondo se instalaba el dormitorio, en el cual la cama podía estar dentro de una alcoba; delante, y funcionando como un estrado, una amplia sala de estar. Aquí la dama se encontraba a sus anchas; podía quedarse en peinador y proceder tranquilamente a su toilette matinal, o a arreglarse para el teatro o una fiesta con ayuda de su doncella. Aquí se dedicaba también a sus bordados, a escribir cartas o a aceptar invitaciones. En el boudoir guardaba asimismo la dama sus ropas y sus joyas. Era una estancia llena de encanto femenino, perfumada y decorada con gran armonía, un ambiente de suaves colores, finos encajes, maderas fragantes y esa luz dorada tamizada por los visillos que llegaba del exterior a la caída de la tarde.